domingo, 1 de marzo de 2009

CON ELLOS LLEGÓ LA PRIMAVERA...

Y llegó la renovación poética, un vino nuevo que precisó de un verso nuevo, odre sutil que recogiera y escanciara la luz atrapada por espíritus gigantes, libérrimos.


Otra voz desgarró velos y desnudó el alma de la poesía isleña: la de Julia, la Burgos, compañera amorosa de estos tres gigantes, que llegó exactamente un año y un mes antes que Matos Paoli, el menor de ellos, alcanzando ella misma aquellos altos vuelos, sumando su pasión de patria a la forja de estos titánicos constructores de la palabra. El numen de Julia ya ennoblece esta página con su Canción – de corazón a labio – dedicada a Albizu Campos, "relámpago antillano cabalgando la tierra”.

Sobre los Tres de Marzo no hacen falta explicaciones: sólo engarzar una muestra que invita la presencia de estos seres a nuestras vidas, en primavera y cada otro día.





















En la noche de luna, en esta noche

de luna clara y tersa,

mi corazón como una rana oscura

salta sobre la hierba.


¡Qué alegre está mi corazón ahora!

¡Con qué gusto levanta la cabeza

bajo el claro de luna pensativo

esta medrosa rana de tragedia!


Arriba, por los árboles,

las aves blandas sueñan,

y más arriba aún, sobre las nubes,

recién lavadas brillan las estrellas...


¡Ah, que no llegue nunca la mañana!

¡Que se alargue esta lenta

hora de beatitud en que las cosas

adquieren una irrealidad suprema;


y en que mi corazón, como una rana,

se sale de sus ciénagas,

y se va bajo el claro de luna

en vuelo sideral por las estrellas!















Si yo nacer quisiera,

de nuevo si pudiera

escoger mi nombre y apellido,

Inabón prefiriera,

Inabón Yunes fuera

mi nombre libremente decidido.

Estar claro,

por propia condición ser transparente;

pasar sencillamente

cerca del amor de la paisana gente;

discurrir sin reparo,

correr, saltar sobre la roca

o reposar sobre la linda arena;

siendo la fuerza que choca

salvar, no destruir; no en pena

detenido quedar puro remanso;

bien ser arroyo manso,

más rebasar en el desbordamiento

que arrastra y que fecunda

e ir a la mar como un derramamiento

de la tierra profunda:

¿se ha de clamar que conozco esa ciencia?


¿o acaso no ha corrido

—¡fuente de mi conciencia!—

mi caudal por mi cauce preferido?

Mas si fuese Inabón, mi transparencia,

mi sencillez, mi fuerza, mi reposo,

no fueran jubiloso

beso de sol en sombras de mi mente,

ni impulso generoso

hecho de antaños en mi sangre ardiente.

Entonces, Inabón yo, naciendo

de mí mismo, y corriendo

desde la nube al mar, uno sería:

uno lloviendo sobre la montaña,

uno manándole en la entraña,

uno por monte y llano

y uno también vertido al oceano:

fuerte, claro, fluente,

con el vigor, la claridad, la fluencia

de mí mismo inconsciente.














Montaña, madre nuestra, liberada

en la evidencia de los héroes puros

que nacían a los blancos caballos

y en trote de tremendas luceradas,

montañas por banderas,

recibían del sol, allá en las frentes limpias,

un candor de coquíes escultóricos

y su cruz albeada.

La infancia tiene forma nítida de montaña.


Oh nube a pie descalzo en la vereda,

conversadora, tú, de mariposas,

de adiós en reverbero.

El arcoiris tiende su melena combada,

ahora niñas gráciles

enlazad los capullos de las manos

que el cosmos de la rosa lo aprisiona

San Serenín del Monte

coronado de luz de cucubanos.

Quien dijo la montaña, dijo el cielo.

Supo tejer con hilos de neblina

los pasos del silencio campesino.

Y en la inviolada esfera de los frutos,

quenepa, anón, guanábana,

acreció de los bosques las estrellas.

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